Prostitucion
Tipos de prostitucion
Femenina
En numerosos casos la mujer en prostitución proviene de estratos socioeconómicos bajos en
la estructura social. Muchas de ellas son a su vez hijas de mujeres relacionadas con la
prostitución o hijas de clientes. Desde pequeñas han experimentado una serie de vivencias
que las han llevado a convertirse en víctimas. Vienen de familias compuestas por personas
de muy escasos recursos económicos y que son incapaces de proteger adecuadamente a sus
miembros y brindarles afecto de manera acertada. Esta mujeres han crecido en comunidades
peligrosas en las que impera la delincuencia, la indiferencia gubernamental y la carencia
generalizada de recursos. No solo han carecido de modelos adultos sanos sino que también
tienen escasas posibilidades de permanecer en el sistema educativo formal.
Diversas investigaciones desarrolladas en Costa Rica han permitido determinar que un
elevado porcentaje de las mujeres involucradas en prostitución fueron víctimas de abuso
sexual desde mucho tiempo antes de su ingreso público a esta actividad. Las cifras oscilan
entre 63% y 78% del total de participantes en estas investigaciones (Treguear y Carro, 1994; Ortiz y otras, 1998). Esto, aunado a las condiciones expuestas en el párrafo anterior, permite entender que la mujer que llega a introducirse en la prostitución en realidad se percibe a sí misma como «prostituta» mucho antes de exhibirse públicamente en una calle.
Así, en numerosos casos el involucramiento de las jóvenes en la prostitución forma parte
de una imbricada red de experiencias subjetivas e intersubjetivas de abuso y desvalorización
que ellas han interiorizado desde mucho tiempo atrás. Desde niñas aprendieron que su cuerpo
«sirve» para obtener afecto por parte de los hombres, pero también que «es natural» que los
mismos hagan uso de él para alcanzar su propio placer. Se trata, en última instancia,
de cuerpos-mujeres prostituidos mucho antes de que ingresen formalmente a la actividad.
Hablando de manera simbólica, «convertirse en prostituta» representa para ellas únicamente
el siguiente paso inevitable en la dirección que ha tomado su vida desde pequeñas.
No encuentran alternativa, pues no logran visualizar otras posibilidades de alcanzar ingresos
económicos para su supervivencia. Otro factor determinante es que no se consideran a sí mismas
seres humanos valiosos, merecedores de algo mejor, pues sus experiencias vitales las han llevado
a pensar y sentir lo contrario.
Además, una vez que se encuentran dentro del «ambiente» o «la pulseada» —utilizando su propio lenguaje—
cada encuentro con un cliente constituye una nueva experiencia de victimización. Este encuentro las
despoja del control sobre sus vidas y las convierte en objetos intercambiables con valor comercial.
Son innumerables la experiencias de abuso y violencia de que son objeto por parte de clientes,
policías, taxistas y compañeros que viven a sus expensas. A esa lista se suman los dueños de hoteles,
bares y agencias de viajes que también forman parte de la cadena de explotación que las utiliza.
De ahí que la gran mayoría afirme que desea «salir», es decir, abandonar la prostitución, «cambiar»
su vida. Pero, al mismo tiempo, se sienten incapaces de hacerlo y enfrentan grandes temores acerca
de sus verdaderas posibilidades y recursos. También temen la reacción de las demás personas que
están acostumbradas a identificarlas como lo que hacen, es decir, como prostitutas.
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